Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos breves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos breves. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de abril de 2011

El pozo

Existe una leyenda, muy reciente, que cuenta la historia de cierto pozo en una escola bressol. Dicho pozo sólo aparece durante la primavera y desaparece en llegar el verano. Si este hecho ya parece merecedor de un expediente X, los extraños sucesos que acontecen a su alrededor son verdaderamente escalofriantes.

Se dice que, al caer la noche, cuando ya no se escuchan las risas y los ir y venir de los niños y niñas, el silencio se apodera de cada rincón del colegio. Un silencio sepulcral más allá del típico silencio de un lugar vacío. De repente, se escuchan unos ruidos parecidos al goteo de un grifo mal cerrado; un murmullo se aprecia en la oscuridad, proviniente del mismo pozo, y una voz femenina, pronunciando en un susurro unas palabras: requerimientoooooooos, firma los requerimientoooooooos.


Hay personas que afirman haber visto una sombra cerca del pozo, con cabello rubio rizado y una calculadora en la mano. ¿Será pues el espíritu de la administrativa? Corre el rumor que el pozo lo construyó la administrativa de l'escola bressol, para que adornara la entrada en primavera. El pozo, obviamente, no es un pozo de verdad, está hecho con papel de embalar encima de una mesa redonda, y tanto el agua del pozo como los nenúfares que en él "flotan" estan hechos de papel. Era tal la obsesión de dicha administrativa por la decoración de la entrada, que le pidió a una de las coordis que le hiciera una rana de origami. La coordi le hizo una, más o menos, pero la administrativa no estaba satisfecha; ella quería una con volumen, así que le pidió otra. Parece ser que, la coordi, hasta el moño de la administrativa, la tiró dentro del pozo, que volviendo se real, engulló a la administrativa sin dejar rastro.


¿Real o un cuento para asustar? En todo caso, ¿qué son esos murmullos en la noche?, ¿quién es esa figura que surge de las profundidades de pozo?, ¿quién era la coordi?


Nota: Ahora en serio, ¿cómo es posible que se me ocurran estas paranoyas? Chari, te lo dedico con cariño, la todoterreno del cole.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuando dos almas se encuentran

Érase una vez, no hace mucho tiempo, una chica que, a pesar de tener una familia que la quería y unos amigos maravillosos, sentía que su corazón estaba roto. Y no porque no gozara de buena salud o porque estubiera maltrecho, sinó porque hacía ya mucho tiempo que había amado a alguien con toda su alma pero ese amor no había sido correspondido.

Pasados los años la chica volvió a sonreír como antes, a sentir ilusión por la vida. Había renacido y le esperaba toda una vida por delante. Pero, no obstante, había decidido guardar su corazón bajo llave, todavía demasiado débil como para atreverse a volver a amar.


Un día, uno como cualquier otro, salió a dar un paseo. Era una mañana soleada, fresca y apacible, así que se acercó hasta la playa. Qué mejor paisaje para una mañana tan hermosa. La muchacha andó y andó hasta que decidió sentarse en un banco, justo delante de la playa. Las olas iban y venían, estrellándose en la orilla con delicadeza. Se sentía reconfortada, el calor que despedían los rayos del sol le devolvían la vitalidad que había ido en disminución durante la semana laboral.


- Magnético, ¿verdad? - ella se sobresaltó. A su lado se había sentado un chico que no conocía de nada. - ¡Oh!, perdón. No quería asustarte. Simplemente me apetecía hablar con alguien y como estabas aquí sentada... ¿te molesta si me quedo un rato?


- Nnn, no, no, tranquilo. Estaba tan metida en mis pensamientos que no me he dado cuenta que hubiera nadie.


- Bien, entonces me quedaré un rato.


Ambos quedaron en silencio unos minutos, observando el ir y venir de las olas. Finalmente, él se decidió a hablar.


- Sé que resulta ridículo pero, ¿me creerías si te dijera que ayer soñé contigo?


El corazón de la chica empezó a bombear acelerado. Giró la cabeza hacia el rostro del chico y le observó sin poder articular una palabra.


- Vale, sí, suena muy ridículo. Olvida lo que acabo de decir.


- No. - ésta vez fue el chico quien se giró hacia ella. - Quiero decir que,... bueno, que sí te creo.


Él sonrió. Su rostro se ruborizó al instante y bajó la cabeza, todavía sonriendo.


- Vaya, es increíble. No pensé que pudiera ser pero al verte sentada en el banco me he dado cuenta que no podía ser una casualidad. ¿Tú también has soñado conmigo? - la chica asintió con una leve sonrisa de complicidad. - ¡Uau!, no me había pasado antes nada parecido, te lo juro.


- ¿Crees en el destino? - se quedaron quietos, observándose el uno al otro. Él le tendió la mano, cogió la de la chica y la estrechó cálidamente.


- Tal vez empiece a creer a partir de ahora. - ella sonrió- Está bien que ya nos conociéramos en un sueño pero quizá sea mejor empezar con una presentación de verdad. Encantado, mi nombre es...

miércoles, 2 de marzo de 2011

Lo que da de sí un trayecto a casa


Érase una vez una niña, - bueno, no tan niña- que deseaba con todas sus fuerzas tener un perrito. Pero su piso era muy pequeñito, con muuuuchas escaleras y con algún problemilla de alergia con el pelo de perro, muy de vez en cuando.

Un día, pasando por una tienda con sus compañeras del trabajo, vieron en una tienda de muebles un perrito chiquitillo que parecía un pequeño felpudo con patas.

- Cualquiera podría pensar que es una alfombra. "Sí, quería llevarme esa alfombra, la que tiene forma de perro"- dijo una de ellas.

- Sería la primera alfombra con movilidad y se limpiaría sola. - dijo otra.

- Y, cuando no hiciera falta, ella misma se guardaría.

Las tres se rieron mucho mientras continuaban andando, pero Sonia - que así se llamaba la muchachuela- dió vueltas y vueltas a la idea del perro-alfombra. Si pudiera hacerse...

Al llegar a su casa, Sonia se dispuso a ponerse manos a la obra. Se introdujo en su "laboratorio secreto" y no salió de él hasta ya bien entrada la noche.

- ¡Eureka! - gritó. A sus pies, una alfombra de color canela saltaba y corría entre las piernas de Sonia, que reía a carcajadas por su descubrimiento.- ¡Está vivo, está vivoooooo! Juuuuajuajuajua.

El perro-alfombra cambió la vida de Sonia: le calentaba los pies en invierno, si estaba sucio él mismo se metía en la lavadora, para dormir se quedaba echado en el suelo o se enrollaba y se quedaba en un rincón, no soltaba pelo, no necesitaba comer ni hacer sus necesidades, hacía compañía y daba mucho cariño, si lo sacaba de paseo no le ladraba ni mordía a nadie... y, lo mejor de todo, se lo podía llevar de viaje a cualquier lado, como era una alfombra...

Y así vivieron muuuchos años felices. Hasta que un día... Sonia despertó del sueño. ¿O qué os pensábais? Pero, ¿a qué sería genial tener un perro-alfombra? De nombre se llamaría Wellcome, jajajaja.

sábado, 9 de octubre de 2010

Mil luciérnagas

Érase una vez, en un país muy lejano habitaba una princesa que no quería ser. Su destino no era otro que el de llegar a ser reina de aquel reino lejano, sin otra alternativa en su vida. Podréis pensar que la princesa, como sucede en otras historias, ansiaba la libertad de decidir su destino, seguir sus propios consejos, encontrar el amor por sí misma en vez de ser casada con el primer príncipe que cumpliera los requisitos de su padre. No era este el caso. Nuestra princesa, simplemente, quería dejar de ser. Estaba preparada para asumir su papel en la vida pero había un vacío demasiado grande en su interior.

Su padre, el rei, muy preocupado por la profunda tristeza que sentía su hija, consultó a todos los médicos, psicólogos, curanderos, adivinos y magos del país, pero ninguno encontró la solución a la tristeza de la futura monarca. Cuando alguien le preguntaba a la princesa qué era exactamente lo que le entristecía, ella, con un semblante casi fantasmal contestaba: no quiero ser. << ¿Qué es lo que no quiere ser, alteza?>>, preguntaban sus damas de compañía, pero la princesa volvía a responder: no quiero ser.

Así pasaron los años y los habitantes de aquel lejano país empezaron a llamarla Princesa Sin Ser. Continuaron las visitas de médicos, psicólogos, curanderos, adivinos y magos, esta vez de otros reinos vecinos. Ninguno encontró el porqué de la profunda tristeza de la princesa.

Un atardecer de otoño, bajo una lluvia de hojas secas que revoloteaban a su alrededor, la Princesa Sin Ser paseaba por los bosques que rodeaban el reino. Paseaba sin más, ensimismada como estaba siempre, sin hablar, sin escuchar, prácticamente sin mirar. Así anduvo durante horas, hasta que, sorprendida por la oscuridad de su alrededor, la Princesa se dió cuenta que se había perdido. Se angustió ya que sabía que sus padres estarían preocupados por ella. Intentó recordar el camino que había tomado pero no lograba reconocer nada, ni un árbol, ni una roca. De hecho, no recordaba cuando había salido de su cuarto y había empezado a andar.

Una luz llamó su atención. Al darse la vuelta descubrió una esfera de cristal, del tamaño de una naranja, que rodaba hacia ella, brillando en su interior, como si millones de pequeñas luciérnagas albergaran en su interior. Dudó en recogerla del suelo, pero, al percatarse que aquella esfera no emanaba calor alguno se decidió y la alzó del suelo. Era ligera, prácticamente flotaba. La princesa la observó con detenimiento pero no vió nada más que aquel brillo cálido.

- ¿Qué crees que es esa luz?- la princesa se giró en busca de esa voz que surgía a sus espaldas. Una figura alta y encapuchada permanecía immóbil detrás de ella. Ésta se quitó la capucha, mostrando un hombre de amable expresión que la observaba con una sonrisa tierna y unos ojos grises llenos de vida. La princesa bajó la mirada y volvió a mirar la esfera.

- No sé qué puede ser. Pensé...
- ¿Qué pensaste? - el hombre volvió a sonreír.

- Tuve la sensación de encontrar algo que había perdido.

- ¿Reconoces qué es lo que habías perdido?

La Princesa negó. Volvió a observar la esfera y esta vez algo empezaba a cambiar. En su interior se formó una imagen, al principio difusa pero, poco a poco más clara hasta que la princesa pudo verse a sí misma. El hombre se acercó hasta ella y le sugetó las manos con firmeza pero tiernamente.

- Si pudieras pedir un deseo, ¿cuál sería?

- Desearía no ser. - dijo la princesa, como tantas otras veces había hecho anteriormente. El hombre dejó de sonreír.

- Si no eres, dejarás de existir. ¿Es eso lo que quieres? ¿Deseas entristecer a los que te rodean? ¿Deseas desaparecer?

La princesas se sobresaltó. Quedó pensativa por unos instantes, algo atemorizada. No deseaba desaparecer, no deseaba entristecer a los demás. ¿Qué es lo que quería, entonces? Volvió a mirar su imagen en la esfera. Era ella, sin duda pero, por otra parte, había algo muy distinta en la imagen de la esfera. En ella estaba sonriendo. Una sonrisa. ¿Cuándo fue la última vez que había sonreído? Hacía ya mucho de todo aquello...

Fue entonces cuando lo entendió todo. Lo que realmente quería era conocerse mejor, aceptarse tal y como era y cambiar aquello que la angustiaba tanto. Quería volver a tener aquello que había perdido, aquello gracias a lo que volvería a sonreír. Quería recuperar su alma.

- ¡Lo recuerdo! Perdí mi alma en este bosque el día que me di cuenta que ya no era una niña. Creía que, al crecer, debía dejar de imaginar, de jugar, de crear. Me sentí perdida, llena de tristeza. Creí que conservar en mi interior mis recuerdos de niñez no me dejarían ser una buena reina, que sería egoísta, altanera. Lo que quería no era no existir, sino dejar atrás lo que había sido. Creí que para ser mayor debía dejar mis sentimientos atrás.

- Pero la niña que fuiste sigue estando en ti, tan solo está encerrada en tu interior. - el hombre acarició la mejilla de la joven, secándole las lágrimas que por ella resbalaban.- Princesa, lo que fuimos una vez debe ayudarnos a mejorar, lo que aprendimos una vez debemos recordarlo . Crecer con los recuerdos y las vivencias del pasado no hace más que enriquecer al adulto que seremos en el futuro.

El hombre sonrió, cogió la esfera de las manos de la princesa y la lanzó al cielo. La esfera ascendió hasta ser parte del firmamente. Cuando la princesa miró a su alrededor el hombre ya no estaba y ella volvía a estar en su cuarto, en la seguridad de su hogar. Tal vez había sido un sueño pero hacía tanto que no soñaba que no recordaba la magia que en ellos se encuentra. Sonrió. Ser es lo más maravilloso que tenemos, pero debemos ser y aceptar a los demás tal y como son.

domingo, 25 de julio de 2010

La madre que parió a los Gormitis


Érase una vez una niña muy guapa que se llamaba Carla. Era una niña muy alegre y divertida, que se pasaba el día jugando a piratas, se inventaba mil y una historias de aventuras, creando inombrables detalles a sus fantasías.

Carla tenía una tía Sònia que la quería con locura, porque a su tía también le gustaba mucho jugar e inventarse historias. A veces se peleaban o discutían pero siempre acababan haciendo las paces como buenas amigas.

Llegó el cumpleaños de Carla. No se cumple cinco años todos los días, así que la tieta Sònia le preguntó al papá de Carla qué le podía regalar a la peque. Él le dijo que quería un muñeco en especial, un Gormiti de esos que estan de moda. Pero no cualquiera de ellos, no, tenía que ser el Señor del Mar. ¿Y cómo es?, preguntó Sònia, porque no tenía ni idea de quien eran los Gormitis, ni como eran. Es azul, respondió el papá de Carla, con el pelo largo y amarillo.

Con esas consignas y una fuerza de voluntad muy grande, Sònia se lanzó a la búsqueda y captura del bichejo azul. Incluso mobilizó a una de sus amigas, la pobre Raquel, para ayudar en la labor de buscar un regalo para Carla. Recorrieron todas la jugueterías de la zona, rastrearon por Internet, encontraron bichejos feos pero ninguno era el que quería la niña.

Se acercaba la fiesta de cumpleaños de Carla y el Gormiti de las narices no aparecía, así que, el día antes, después de un durísimo día en el trabajo, Sònia se decició en comprarle un Mr Potato con mil millones de piezas de recambio con la esperanza que le gustara a su sobrina. Suerte que es una niña agradecida que todo le gusta.

Ya tenía regalo, así que Sònia se olvidó de los Gormitis y de la madre que parió al topo y se fue, la misma mañana de la fiesta, a un centro comercial. Y allí estaba él. Con su pelo rubio, su piel azul, su pinza a lo Sr Cangrejo. ¡¡¡¡¡¿POR QUÉEEEEEEEEEEE?!!!!!

El caso es que la tieta Sònia dejó salir de su boca una ristra de insultos, maldiciones y despropósitos, compró el maldito muñeco y se lo llevó a su sobrina. No cabe duda que la niña quedó entusiasmada con los regalos, sobretodo con el Señor del Mar. Y Sònia, lloró de alegría por haber podido cumplir su misión.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Ley de Murphy: las cosas se encuentran cuando ya no las buscas.

lunes, 5 de abril de 2010

Lo que da de sí un sueño


Jueves noche. Voy a cenar a casa de mi hermano (por cierto, muy buenas las pizzas) y, como punto final de la velada, me deja disfrutar en pantalla 42 pulgadas y un sonido increíble del concierto en Wembley de Muse. Hasta aquí todo normal. Regreso a casa y me voy a dormir...

Es de noche, o lo parece. Me encuentro en la entrada de un recinto, más parecido a un bareto normal y corriente. Para mi sorpresa, me encuentro una apertura enorme con un escenario ascendente cuya estructura me recuerda el interior de una cueva. Consigo llegar hasta primera fila, a dos palmos del escenario. Tengo la entrada en la mano y le echo una ojeada: Concierto de Muse. 

Mi acompañante (que no recuerdo quién era) me da un codazo para avisarme que estan subiendo al escenario. Todo el mundo grita, brazos levantados a mi alrededor, luces de colores que me desorientan momentáneamente. De repente, el escenario rocoso asciende delante de mis asombrados ojos. ¡No voy a ver nada! ¿Para qué me pongo en primera fila si no voy a ver nada? No soy la única sorprendida. A mi alrededor todo el mundo permanece en silencio mirando hacia arriba.

Demasiado silencio. Se supone que han empezado a tocar. Entonces, ¿por qué no se escucha nada de nada? Un minuto más tarde el escenario vuelve a bajar y una voz a través de los altavoces anuncia que se suspende el concierto por problemas de sonido. ¿Problemas de sonido? ¿Qué sonido?

Totalmente desconcertada y desilusionada salgo del recinto, acompañada por una serie de murmullos a mi alrededor. De repente, una mano se posa en mi hombro para que me detenga.

- Espera - Matt Bellamy, delante de mi, ofreciéndome algo. Observo el objeto. Es una entrada para un concierto.- Tenemos que suspender el concierto pero os doy otra entrada para el próximo. 

Se da la vuelta y desaparece. Sonrío. No ha podido ser esta vez, pero sí la próxima. 

Ahí me desperté. Debo decir que, aunque la conversación la he escrito en castellano, en mis sueños el señor Bellamy habla en catalán y con un acento bastante marcado de Gerona (qué curiosa es la mente). Nada, que éste sueño tiene moraleja: ¿Que Muse hace un concierto en Madrid y no puedes ir? No te preocupes, ya volverán a Barcelona o a Badalona o a otro sitio y, esta vez sí podrás ir... A no ser que alguien me regale una entrada para el concierto de Madrid y me acompañe, jejeje. 

Que tengáis dulces sueños.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Historias del metro

Era una mañana fría, muy fría, de noviembre cuando ella se dirigía hacia el trabajo como cada día. Todo transcurría con normalidad: salió de su domicilio a buen paso, llegó al metro, marcó su targeta a las 8:05 de la mañana, subió al vagón dirección Clot para hacer transbordo, subió al siguiente tren de la L1 y se cerraron las puertas. Todo normal, como siempre. Poco podía imaginar que algo lo cambiaría todo. 

Al llegar a Glorias, las puertas empezaron a abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse. Un sonido metálico y difuso invadió los vagones mientras la gente, entre ellos nuestra protagonista, se preguntaban hastiados si el metro cerraría de una vez las puertas y continuaría la marcha. En uno de esos abrir y cerrar de puertas, éstas casi llegaron a cerrarse del todo y un viejecillo aclamó un "Uy! Casi" que a ella no le hizo puñetera gracia. 

Una voz por megafonía anunció, después de cinco minutos de vaivén con las puertecitas de las narices, que el tren se encontraba averiado y que hicieran el favor de apearse de él. Ella estaba hasta más allá del más allá. No era el primer incidente que tenía en aquel mes. Recordó el caso de aquel indeseable que quiso tirarse a la vía, después de acordarse de la madre, el padre y el bisabuelo de los vigilantes del metro. 

Finalmente, ella pudo subirse al tercer tren, ya que en el segundo fue imposible debido al alubión de sardinitas en aceite que se apretujaron en él. Llegó al trabajo, tarde, pero llegó. 

Para rematar el día, su coordinadora se la quedó mirando y le dijo: "eso no te pasaría si cogieras el metro a la hora que lo cojo yo". Soy plenamente consciente que, al igual que el proyecto de suicida, se ha acordado de toda mi parentela. 

Éste, amigos de la nave del misterio, ha sido otro episodio sobrecogedor de Octavo Lustro. Espero que el relato no os haya impactado demasiado y que sigáis leyendo estas chorradas como pianos que forman parte de mi Blog. 

lunes, 19 de octubre de 2009

Tengo el día gafe

Todo sucedió un día cualquiera... de echo un lunes. Hoy. Después de un fin de semana relativamente bueno, pero echado a perder por culpa de una espantosa alergia producida por partículas de polvo suspendidas por tooooda la superficie de Ikea, me mentalicé lo mejor que pude para hacer frente a una nueva semana.

No me gustan los lunes. No me gusta madrugar los lunes. ¡Odio madrugar todavía más un lunes porque tengo acogida! Relájate, pensé, tómatelo con calma. Mi compañera el viernes estuvo enferma, con lo cual no tenía demasiadas esperanzas que supiera que le tocaba acogida conmigo, pero como la esperanza es lo último que se pierde y, últimamente no tenemos demasiados niños a primera hora de la mañana, cabía la posibilidad que a) mi compañera sí se acordara de la acogida y viniera; b) a pesar de no venir mi compañera vengan pocos niños y pueda hacerme cargo yo sola.

Inicio mi trayecto diario, sólo que 40 minutos antes que el resto de la semana. Hace frío, por fin, pero el cambio de la temperatura exterior con respecto a la temperatura del transporte público es, como poco, una aberración. Así pues, me dispongo a deshacerme de las capas, a lo más puro estilo cebolla, que me guarecen del fresco matutino. Aun así, supongo que debido a los medicamentos de la alergia, la falta de descanso, la afluencia de gente a primeras horas y el calor reinante en el ambiente, a mitad de camino he sentido que todo iba desapareciendo a mi alrededor, que las piernas me fallaban y que el ruido se iba convirtiendo en un zumbido desagradable. Si no ponía remedio habría un desmayo en tres, dos, uno... consigo llegar hasta un hueco al lado de la puerta, me acuclillo y respiro hondo. Consigo que se me pase el mareo pero todavía me quedan seis o siete estaciones hasta mi destino. ¿Qué hago? ¿Me bajo? No, tengo las llaves de la guardería. Si me bajo, los padres no podrán dejar a los "peques" y se va a liar la de San Quintín. ¡Resiste! ¡Por Espartaaaa!

No sé cómo, pero llego a mi destino. ¿Creéis que alguien me ha ayudado? ¿Para qué? ¿Y sí resulta que se levantan de su confortable asiento y alguien se lo quita? En fin, que confio que en el mundo todavía exista gente buena, pero están escondidos. El aire fresco de la calle me despeja, aliviándome las náuseas. Prosigo mis andanzas, ésto sólo es el principio. Muy cerca de mi destino, diviso a lo lejos un rostro familiar. ¡Mi compañera ha venido! Síiiiiiii, ¡viva la "coordi X". Pobrecilla, estaba padeciendo porque me estaba retrasando, y como yo nunca me retraso... retiro lo antes mencionado, algunas personas buenas no están escondidas, ¡resulta que son mis amig@s.

A parte de recibir la llamada de una de mis compañeras que está enfermita (recupérate pronto Noemí), todo sigue su cauce habitual, más o menos. Llega "la hora del estrés", es decir comedor, siesta y limpiar. Normalmente estoy más que preparada para este momento pero hoy era mi "martes y trece" particular. Poniendo las sábanas en las camitas individuales de los mayores, se me ha caido una (camita) encima de la uña del dedo gordo del pie. He visto las estrellas, pero he resistido. Parece que, a parte del golpe y que me he clavado un poco la uña, no tengo nada roto, así que, sô-breviviré.

Después que todos mis pequeñajos hayan acabado de comer, llega la siesta. Me dispongo a echar una manilla en la limpieza, mientras mis compañeras los duermen. Llega otro momento clave del día. Tachán. Me encuentro limpiando las mesas para, seguidamente barrer la clase de los más mayores. Cómo el paño estaba bastante sucio, voy a aclararlo con agua, pero en el camino resbalo con restos de comida, me caigo al suelo y noto un crack en la palma de la mano. ¡Dios, que daño! Pero, claro, están durmiendo los críos justo en la clase de al lado, así que me muerdo el labio para no gritar y voy corriendo a ponerme agua. Hay movimiento. No se ha roto nada. Duele, pero todo sigue donde debe. Sigo limpiando, pues.

Parecía que nada más podía salir mal. Me equivocaba. Por fin llega el ansiado momento de regresar a casa. Increíble pero cierto. Cojo la L1 para hacer transbordo en Sagrera, L5. Empezamos mal. 10 minutos parados en la estación y que no arranca. Por fin, iniciamos el recorrido. Todo parece normal, hasta que pasada la estación de Plaça de Sants, también correspondencia con L5, informan por megafonía que "el servicio de trenes de la L1 funciona sólo hasta Clot". ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Y no pueden decirlo antes de pasarme de estación? No me queda otra que ir hasta la L4 y, luego, volver a hacer transbordo en la L5.

¡Quiero llorar! Voy a meterme en la cama y dormir, no vaya a ser que todavía me depare algo más este día de perros. I DON'T LIKE MONDAYS!

sábado, 26 de septiembre de 2009

Un sábado por la tarde

Érase una vez una pobre chica, muy guapa e inteligente (XD), que ayudaba a su sobrino Paul a hacer los deberes. La pobre chica, que se llamaba Sô, sufría viendo como pasaban las horas y Paul seguía haciendo el mismo ejercicio de castellano sin avanzar un ápice.

Paul no dejaba de hacer payasadas, de distraerse con una mosca que pasa y, en consecuencia, de hacer errores garrafales. Sô estaba desesperada porque su sobrino estaba a punto de caer al lado oscuro de la "lerdez". Ella, como "tieta" amorosa, dulce (y a punto de entrar en estado catatónico de puro estrés), no podía ni debía permitirlo de ningún modo.

Durante horas, largas muy largas horas, mantuvieron una batalla en la cual la una hacía razonar las respuestas al otro, mientrás que éste intentaba vovler maajra a la primera. Así sucesivamente, ejercicio tras ejercicio.

Finalmente, el "cansino" sobrino acabó (¡Por fiiiiin!) de hacer los deberes correctamente y su hastiada "tieta" pudo descansar, llorando lágrimas de sangre después de la tortura psicológica por la que había pasado. Todavía quedaban esperanzas para el pequeño (de casi 13 años) Paul.

Mientras tanto, no muy lejos de la mesa desde donde transcurrían estos hechos, Marc, el hermano de Paul, disfrutaba de un merecido descanso, ya que él ¡sí hace los deberes cuando toca y sin que nadie le tenga que ir detrás!

Nota: unos son más inteligentes o aplicados que otros, unos son más graciosos que los otros, unos te desesperan antes que los otros pero a todos los quiero igual, porque son y serán siempre "els meus nens"